Culiacán, Sinaloa a 12 de mayo de 2026.- El dolor y la indignación marcan el testimonio de Eliodora Pérez, quien perdió a su hijo Jesús Mario hace apenas dos semanas. Cada mañana, el joven de 34 años cumplía con una tradición familiar: llegaba al puesto de comida de su madre para desayunar antes de iniciar su jornada laboral como repartidor en motocicleta. Un ritual que se interrumpió de manera trágica el 26 de abril.
Ese día, cuando Jesús Mario se dirigía nuevamente al encuentro con su progenitora, fue interceptado en la zona de Las Ranas en el centro de la capital sinaloense. Su cuerpo fue hallado tras un operativo policiaco que alertó a la comunidad sobre lo ocurrido. Para entonces, Eliodora ya buscaba desesperadamente a su hijo, cuyas llamadas telefónicas dejaron de sonar.
Con la voz entrecortada, la madre rememora aquellos momentos de incertidumbre:
“Todos los días venía a desayunar conmigo. Me decía: ‘Mamá, dame tu bendición’. Yo se la daba y él se iba a trabajar”
. Este acto cotidiano, cargado de significado familiar, se convirtió en lo último que no pudo suceder.
Un amigo cercano de Jesús Mario, también dedicado al mismo oficio, fue quien confirmó lo peor. Al reconocer la motocicleta en el sitio de los eventos, le comunicó a Eliodora la noticia que cambiaría su vida para siempre. Aunque la madre llegó hasta el lugar de los hechos, las autoridades le negaron el acceso para despedirse de su hijo.
“Yo siempre le daba la bendición cuando salía… y ahora no me dejaron darle la última”
, lamenta con profundo dolor.
La familia rechaza cualquier vinculación de Jesús Mario con actividades ilícitas. Eliodora describe a su hijo como un trabajador responsable, tranquilo y dedicado completamente a su familia y su labor cotidiana.
“Mi hijo era trabajador. No era delincuente, no era problemático. Yo solo quiero justicia para él y para toda la gente inocente que han asesinado”
, afirma con convicción.
Respecto a las circunstancias del crimen, la familia baraja varias hipótesis. Una de ellas apunta hacia un robo, ya que ese día el joven portaba dinero destinado a la compra de ropa. También consideran la posibilidad de que haya sido víctima de estar en el lugar y momento equivocado, una realidad que aqueja a miles de trabajadores informales en la ciudad.
El próximo 20 de junio Jesús Mario habría cumplido 35 años. Según su madre, en fechas recientes conversaban sobre proyectos personales: encontrar pareja, contraer matrimonio e iniciar una nueva etapa vital. También soñaba con viajar y conocer nuevos lugares. Estos sueños quedaron truncados.
“Ahora voy a ir al panteón a festejar con él”
, expresa Eliodora con dolor profundo.
La festividad del Día de las Madres resulta particularmente dolorosa para esta familia.
“No pude festejar. El dolor de perder a mi hijo me duele hasta lo más profundo de mi ser”
, confiesa la progenitora, quien insiste en que las autoridades deben acelerar las investigaciones y castigar a los responsables.
El caso de Jesús Mario representa una problemática sistémica en Culiacán. Los repartidores en motocicleta transitan diariamente por sectores vulnerables, enfrentando riesgos de asaltos, accidentes y agresiones letales. Estudios recientes de observatorios ciudadanos documentan un patrón creciente de violencia contra estos trabajadores, particularmente en horarios de madrugada y primeras horas de la mañana, cuando existe menor presencia de patrullaje.
Colectivos de repartidores han elevado sus voces demandando mayores medidas de seguridad y vigilancia efectiva. Sin embargo, estas peticiones enfrentan respuestas limitadas de las instituciones encargadas de garantizar la seguridad pública.
La legislación mexicana contempla derechos fundamentales para las víctimas indirectas. La Ley General de Víctimas establece que familiares como Eliodora tienen derecho a la verdad, a la justicia y a la reparación integral del daño. Asimismo, garantiza el acceso a las carpetas de investigación y un trato digno por parte de las autoridades ministeriales.
No obstante, organizaciones que defienden a víctimas en Sinaloa documentan que en la práctica, el acompañamiento institucional resulta insuficiente. Los procesos de entrega de cuerpos y peritajes frecuentemente carecen de sensibilidad humana, convirtiendo a las víctimas indirectas en números dentro de estadísticas oficiales.
Eliodora Pérez es ahora una voz más entre miles en Sinaloa que clama por justicia. Su demanda traspasa lo individual: exige que se esclarezca el crimen de su hijo y que las autoridades asuman responsabilidades en la prevención de nuevas tragedias. Mientras tanto, el puesto de comida permanece vacío cada mañana, esperando un regreso que nunca llegará.






