Cementerios de Culiacán se llena de flores y recuerdos en homenaje a las madres

Conexion
5 min de lectura.

Culiacán, Sinaloa a 10 de Mayo de 2026.- Desde las primeras horas del amanecer, los accesos a los panteones de la capital sinaloense se vieron concurridos por familias cargando cubetas de agua, ramos florales y artículos de limpieza. Mientras la ciudad despertaba entre desayunos festivos y serenatas, los cementerios presentaban un escenario distinto: más sereno, más introspectivo, donde prevalecía el sonido de las voces bajas y los pasos deliberados entre hileras de tumbas.

Para las ocho de la mañana, la afluencia era considerable. Grupos familiares completos recorrían los pasillos buscando las lápidas de sus seres queridos, portando arreglos florales de distintos tamaños y colores. Una adulta mayor limpiaba minuciosamente la tumba de su madre, acomodando cuidadosamente margaritas amarillas sobre la piedra blanca.

“Mi mamá tenía cinco años de no faltar un 10 de mayo conmigo… Ahora soy yo la que no puede faltar aquí”

, expresó mientras intentaba sonreír a través del dolor.

La temperatura aumentó considerablemente conforme avanzó el día, pero nadie parecía prisa por marcharse. Numerosas familias llevaban consigo sillas plegables para permanecer durante horas junto a las sepulturas. Otros instalaban bocinas portátiles desde las cuales reproducían música de artistas clásicos como José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel, Vicente Fernández y Rocío Dúrcal, llenando los pasillos del camposanto con melodías nostálgicas.

La música se ha convertido en parte integral de esta tradición. Una mujer comentó que cada año reproducía las canciones favoritas de su progenitora:

“A mi mamá le encantaba Pedro Infante y cada año le ponemos sus canciones favoritas”

. En otro sector del cementerio, un grupo de hermanos puso música norteña, aquella que disfrutaba escuchar su madre mientras preparaba los alimentos en la cocina.

La tradición de mantener presente el legado materno se evidenciaba en cada rincón. Tres hermanos trabajaban retocando con pintura nueva una cruz que había oxidado con el paso del tiempo. El mayor narraba que cumplían este ritual cada año: limpiar, rezar y compartir comida alrededor de la tumba materna.

“Ella era la que reunía a todos. Aunque ya no esté, seguimos viniendo porque aquí sentimos que todavía nos junta”

.

Fuera de los límites del cementerio, comerciantes ambulantes aprovechaban la ocasión. Se instalaron puestos vendiendo flores recién cortadas, bebidas refrescantes y alimentos diversos. El perfume de las rosas frescas se entrelazaba con el aroma del polvo que levantaban los vehículos en su entrada y salida.

No todas las visitas correspondían a grupos numerosos. También había quienes llegaban en soledad. Un hombre de aproximadamente sesenta años permanecía sentado frente a una lápida sencilla, sosteniendo un ramo de claveles rojos, mirando en silencio el nombre grabado en piedra mientras la brisa mecía lentamente las flores marchitas alrededor.

A medida que transcurrían las horas, el cementerio se transformaba en un espacio híbrido donde convivían la tristeza y el afecto. Mientras algunos derramaban lágrimas en silencio, otros compartían anécdotas divertidas sobre sus madres. Niños pequeños correteaban entre las tumbas sin comprender completamente el significado de la jornada, mientras sus padres les señalaban fotografías antiguas adheridas a las lápidas.

Para muchos habitantes de Sinaloa, el Día de las Madres adquiere un significado especial cuando se vive desde los cementerios. No se trata de celebraciones en restaurantes o reuniones festivas, sino de momentos íntimos bajo el sol, frente a monumentos de mármol adornados con flores frescas, canciones que resonaban a lo lejos y palabras que no pudieron pronunciarse en vida.

Conforme llegó la tarde, los visitantes comenzaron a retirarse gradualmente. Algunos dejaban velas encendidas; otros se despedían en silencio con una persignada. El cementerio volvió paulatinamente a la calma, pero las flores recién colocadas, las melodías que aún resonaban a la distancia y los rastros del cuidado dedicado permanecían como testimonio del amor inmortal que las familias sinaloenses profesan hacia quienes las engendraron.

Comparte este artículo